Un Cristo que uniría a Yucatán

Es símbolo de la reconciliación y de la modernidad

Es inseparable la historia del Cristo de la Unidad de la vida del segundo arzobispo de Yucatán, quien bendijo la imagen de madera de abedul del Cristo, de más de 7 metros de alto, en misa celebrada el 10 de octubre de 1967 y en la que monseñor Manuel Castro Ruiz, obispo auxiliar en aquel entonces, bendijo el crucifijo de ébano de 12 metros de altura.

A monseñor Fernando Ruiz le llaman el arzobispo de la unidad desde antes de la llegada del Cristo, añade, por la capacidad de tener muy buena relación con diversos actores sociales y políticos.

Se preocupó del duro momento postrevolucionario de la primera mitad del siglo XX y tenía especial interés en reconciliar a la Iglesia, concepto del que se deriva el nombre de la imagen.

El historiador explica que el origen del Cristo de la Unidad se enmarca en un contexto histórico muy interesante para la Iglesia con las reformas del Concilio Vaticano II, que significó cambios importantes. Por ejemplo la misa, que se oficiaba en latín, comenzó a escucharse en lenguas vernáculas, entre otra serie de cambios.

El Cristo de la Unidad tiene un origen mucho más lejano que el Concilio, detalla el historiador.

El 24 de septiembre de 1915, la Catedral sufrió un atentado en el que perdió prácticamente el interior, incluyendo el retablo del siglo XVIII que ocupaba el sitio en el que se instaló el Cristo de la Unidad.

Quedó este enorme hueco que se intentó llenar de algún modo de manera temporal. Se puso un retablo prestado; luego, en un congreso eucarístico se mandó a construir un pequeño baldaquino y finalmente el primer arzobispo de Yucatán, Martín Tritschler y Córdova, en los años cuarenta, comenzó trabajos de restauración de la Catedral.

Se elaboraron algunos retablos, de los cuales se conservan dos; también unos laterales que ya no existen y un proyecto de un gran altar mayor que nunca se hizo.

Era un proyecto muy interesante que incluía la construcción de un ábside, o sea, se pensaba derribar el muro liso que vemos donde está el Cristo de la Unidad y crear un semicírculo, un ábside, en el cual probablemente se iba a poner un mosaico. También se construiría un altar tipo baldaquino de “estilo San Pedro”.

El arzobispo Fernando Ruiz Solórzano, en 1960, tuvo especial interés en restaurar la Catedral.

Comisionó al entonces canónigo Fernando María Ávila y Álvarez para ello. El arquitecto Enrique Manero Peón también colaboró cercanamente. El reto era el gran lienzo de pared, llenar este gran muro liso.

Hubo un primer proyecto que igual era de un mural y no se logró. Comenzó a fraguarse la idea en la mente de Fernando Ruiz Solórzano de la construcción de un gran Cristo, un Cristo monumental ya sea de madera o de metal que cristalizará en la construcción del Cristo de la Unidad finalmente, explica el colaborador de la Catedral de Mérida.

Más allá del contexto histórico, el Cristo de la Unidad enlaza con un profundo significado espiritual con el segundo arzobispo de Yucatán quien fue conocido por ser un hombre muy culto y por su profundo amor a Cristo.

El arzobispo Ruiz Solórzano tenía como “su gran proyecto de vida” además de imitar a Cristo, escribir una biografía del Hijo de Dios que se llamaría “Miradas de Cristo”.

Escribió algunos pequeños trabajos y disminuido de salud se dio cuenta que no iba a realizar ese gran proyecto de vida y entonces decidió traer un Cristo y así se cita en algún momento: “Voy a traer un Cristo a Yucatán”.

Y comenzó toda esta gestación del Cristo de la Unidad, explica.

De muchas maneras, subraya el historiador, la escultura del Cristo de la Unidad fue como la mayor herencia que el arzobispo Ruiz Solórzano quiso dejar a la Iglesia de Yucatán y un poco como su síntesis biográfica, poner a Cristo en el centro de la Iglesia yucateca.

Arte moderno

El artista español Ramón Lapayese se encargó de realizar la escultura del Cristo de la Unidad en 1965, que dos años después se colocó y bendijo en Catedral.

El arzobispo Ruiz Solórzano era un admirador del arte y de la cultura española, y parece que él conoció la obra de Lapayese, quien ya tenía prestigio.

El maestro Lapayese vino personalmente a dirigir los trabajos de instalación del Cristo de la Unidad, cuya cruz de madera fue elaborada en Yucatán.

En la historia del arte resulta interesante la elección del Cristo de la Unidad porque en esos años, en Ciudad de México, un artista de origen alemán (Mathias Goeritz) fue el primero en elaborar formas de arte sacro moderno en las iglesias.

En el templo de San Lorenzo de Ciudad de México tiene la primera obra de arte moderno, una escultura que se llama La Mano de Dios, del estilo neofigurativo del artista. Los vitrales se elaboraron con formas de arte moderno.

Entre 1960 y 1966, en la Catedral de México, quizá el edificio más importante del país, Goeritz colocó los nuevos vitrales de arte moderno, propios de su estética geometrista abstracta y esto causó una verdadera confrontación en Ciudad de México porque para mucha gente eran inapropiados.

En ese contexto surgió el Cristo de la Unidad, que no es una figura clásica, sino de un artista cuya obra es abstracta y neofigurativa.

El Cristo de la Unidad es figurativo, un poco por petición especial del clero de la Catedral de Mérida, pero sí es una obra de arte moderno, subraya el historiador

Me parece que junto con la Catedral de México es de los primeros recintos religiosos que optan por una obra de arte moderno, comenta el historiador.

La Catedral también tiene otra obra de Lapayese: las 14 estaciones del víacrucis que está en las paredes, en las cuales el artista tuvo un poco más de libertad porque son más abstractos, neofigurativos.— Claudia Sierra Medina

El nombre Cristo de la Unidad

El título lo decide monseñor Fernando Ruiz Solórzano, dice Angel Gutiérrez Romero:

Reconciliación histórica

Hay dos cuestiones importantes: El arzobispo de Yucatán recibió una diócesis que había pasado por momentos difíciles, de los años veinte, treinta y cuarenta. Se dice que cuando llegó a Yucatán se encontró una Iglesia o una sociedad un poco dividida, con ciertos rencores, y justamente la idea de llamarle Cristo de la Unidad es para la reconciliación histórica de la Iglesia y la sociedad yucateca.

Renovación y espiritualidad

El que el Cristo de la Unidad sea una obra de arte moderno refleja el espíritu de renovación del Concilio Vaticano II, pero también tiene profundas raíces en toda la espiritualidad del arzobispo Fernando Ruiz Solórzano, indica el historiador.

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