Rock, metal y juventud en la ciudad.

Por Carlos XOOL.

 

Aquel sábado sábado 25 de marzo los muchachos salieron de sus casas, se alejaron de sus hábitos comunes, abandonaron la casa de sus padres; de sus lugares de trabajo para concentrar su energía, su tiempo, su entusiasmo en un solo lugar: la casa de Carlos, el “Charles Mendoza”. Un joven muchacho meridano, un joven músico, amante del metal que en aquel día había invitado a los muchachos para vibrar bajo el álamo, para sentir la música y fundirse con la estridencia del metal, en aquel sábado de luna llena.

 

 

Era una noche tranquila y serena y el centro histórico en ese punto de la ciudad se movía como cualquier tarde, cuando el sol se va ocultando entre casonas y edificios coloniales; convulsa, imparable con su actividad comercial, con los obreros, los comerciantes, las meseras, los cantineros –y sus respectivos parroquianos- ; los taqueros y los camioneros de la ACY fluyendo livianamente con el ritmo de un día más de vida, de un día más de trabajo.

 

 

Y cerca de ahí confluían un grupo jóvenes de la ciudad para acercarse al patio del amigo “Charles”  bajo un hermoso y enigmático álamo -de raíces profundas, de raíces fuertes y fecundas y de un amparo maternal- para manifestarse con la escena del underground local. Sobresalía del resto de transeúntes por sus camisas negras de héroes y leyendas que ellos idolatraban. Ellas llevaban pintadas en los labios un sexy y oscuro color. Todos y cada uno de ellos, iban llegando tranquilamente con el correr de la tenue y suave brisa que se paseaba por el interior de esa calle, rodeada de casas de casi, un siglo de edad, casas altas cuyas imponentes paredes el paso del tiempo y la modernidad no han vencido.

 

 

Sobre los amigos del underground y el metal se podía decir de ellos, lo mismo que de cualquier otra clase de juventud; eran muchachos como cualquiera, todos ellos tenían las mismas ilusiones e inquietudes que podían tener otros muchachos; reflejaban la misma energía y entusiasmo que solo la juventud puede ofrecer a esos años mozos y gloriosos de la vida. Ellos estaban ahí, agitaban la tarde y posteriormente alimentaron la noche con las llamas de su febril pasión musical. Congregación de almas jóvenes, enérgicas, entusiastas y febriles se fundieron con los tímidos murmullos de la noche.

 

 

Cuando comenzó el frenesí se comenzaron a mezclar los latidos, las energías se intensificaron. Ellos disfrutaban con el espectáculo de la noche, se divertían y alimentaban la llama de la pasión que crujía en el interior de su ser al estar tan cerca de ese estruendoso sonido expulsado desde imponentes y frenéticas cuerdas de guitarra o también para el caso se podía decir que salían desde el fondo de sus almas.

 

 

 

Los sonidos estridentes de riffs de guitarras violentos, de cabezas que no dejaban de agitarse, retando a la resistencia de sus vértebras cervicales. Los músicos habían comenzado con la función de la tarde. Ahora la plática, la calle y la tarde ya no eran serenas, el ambiente había despertado con el mismo clamor de los muchachos. La noche ardía en fuego, la noche ardía en éxtasis de juventud.

 

 

Estridencia, intensidad, energía impetuosa e imparable fueron la constante de la noche.

 

La ocasión no solo se prestaba para convivir y echar relajo sino que era una excelente oportunidad para acercarse a la música y a sus músicos. Los jóvenes congregados en el lugar sino eran seguidores del punk, el metal o el rock en general; eran músicos conviviendo y dialogando con otros músicos. Era Mérida y sus jóvenes habitantes, Yucatán y sus muchachos talentosos buscando un lugar para desahogar sus ansiedades, un lugar en donde encontrar un impulso nuevo para las pulsaciones de su palpitante corazón. Todos tenían algo que compartir, todos tenían algo que entregar.

 

Y cuando te acercabas a ellos podías notar que estaban ávidos por contarte cualquier historia que estuviera relacionada con sus andanzas musicales. Lo mismo siguiendo a aquellos jóvenes que tocaban la misma música que tanto les gustaba o podías escuchar que aquellos músicos ya estaban a punto de publicar un disco; ya fuera el primero o el segundo en su joven carrera musical. Pero todos ellos tanto músicos como seguidores, mostraban el mismo impulso, la misma fuerza de espíritu relacionado con el metal, el punk o el rock que hacían vislumbrar un futuro para estas suertes musicales en la ciudad.

 

La “tocada” en aquel espacio convertido en un lugar familiar para la ocasión, aquella Casa-Taller con un invaluable árbol de Álamo -digno hasta las raíces, místico y enigmático con sus ramas de envainadas hojas rozando el contacto con la tersa y estrellada noche del momento- fue el sitio ideal para un cálido encuentro entre todo tipo de jóvenes de los cuatro puntos de la ciudad. Fue un convivio de almas febriles, eléctricas, encendidas que dejaron una huella impresa en ese rincón de la ciudad, bajo el amparo de la luna y su noche.

 

 

 

 

 

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